sábado, 24 de febrero de 2007

Mi intención no es copiar, sino "difundir", al igual que decía alguien que conozco "no pirateo las peliculas, les hago un respaldo" (me parecio muy gracioso!!!) Pero bueno, esto es un encargo, a medida que encuentre o me acuerde de algún cuento lo anotaré aquí para que tú los leas con calma, te tinca?

Como ya es tarde y no tengo muchas ganas de recordar los cuentos que en algún momento te provocaron pesadillas (no te preocupes, nadie sabrá que hablo de ti), además porque quiero escribirlos con hartos detalles!!! (cosa muy rara en mi, no te parece?), bueno, la cosa es que partiré con aquel cuento que quedo inconcluso, más bien aquel cuento que NO QUISISTE que te contara, pero como soy insistente, será el primero que te envíe...

Ya adivinaste cuál? siiiiiii, "la niña de los fosforos" y aunque lo miraste a huevo, es de un escritor reconocido (aunque parece que no tuvo una infancia muy feliz y quiso arruinar la de todos los demás!) no, ahora en serio, es de Hans Christian Andersen, y bueno, basta de preámbulos, aquí va el cuento.

p.d: ni creas que me di la lata de escribirlo, "cortar y pegar" la gran solución de nuestros tiempos, bueno, de los tiempos actuales (en nuestros tiempos a manito nomás, con suerte, máquina de escribir!, pero el asunto "es modernizarse" o no?



LA NIÑA DE LOS FÓSFOROS

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuándo se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.
-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.

Hans Christian Andersen






Me entiendes ahora??? te das cuenta que es muy terrible, imagínate el escenario, todo oscuro....la niña prende el ÚLTIMO fósforo, se ilumina su escena, va bajando lentamente la luz.... y acto seguido, aparece la niña, azul, con la cara deformada igual que en el aro, pero la versión japonesa, no sería potentisimo!!!

Yo que tú, hablo con la compañía para contratarme, le doy un toque especial al cuento, no te parece? No quiero parecer muy ansiosa, te dejo con calma para que lo pienses.






Lo pensaste? ja, ja,ja

p.d 2: Que gracioso esto, es como antes cuando nos escribiamos!, la diferencia es que podré leerlo y no se te perderá (estoy bromeando, se que tienes las cartas, no preocupes, la cajita va, va...)
Un besote y un abrazo grandote para ti.

1 comentario:

QVT dijo...

como recórcholis pinto las letras rojas!! muchas gracias... ¡¡yo quería la ojos de perra seca!! te di como posibilidad este cuento q me niego a leer. yo quería ojos de perra seca. y ya no va a ser, snif. hoy se elige el cuento.
igual un millón de gracias, por acordarte de mis peticiones tan irrisorias a veces. un besito, y muchas gracias también por permitirme conocer este espacio, que de alguna manera también pertenezco, no me pertenece por q no me pertenece.
estoy muy orgullosa. te felicito y gracias por lanzar al ciber espacio a los macanas, era el único lugar que les faltaba recorrer.